Vecinos, concejales, familiares, amigos y el alcalde posan junto a Ángela en su frutería. / g. c.

«Me fui a vivir a los pisos cuando tenía 7 años y mi padre puso la primera tienda en esa manzana del barrio»

Ángela Bote Monje, empresaria frutera durante 30 años, ha sido testigo de los cambios experimentados en esta zona de San José con la llegada de los inmigrantes y la marcha de los propietarios

Gloria Casares
GLORIA CASARES

Se fue a vivir a los 'Pisos del Marqués' a los 7 años cuando sus padres adquirieron una de esas viviendas del barrio de San José. Pegado a ellos, su padre abrió una pequeña tienda de barrio que pronto se convirtió en el centro por donde pasaban estudiantes de los institutos cercanos a por el bocadillo diario, pero también cientos de vecinos.

Cuando su padre, Pedro Bote, se jubiló, decidió dejar la costura como profesional para regentar la segunda frutería de Almendralejo junto con su marido, Paulino Barrio. Allí ha estado durante treinta años hasta que el pasado mes de junio se jubiló. Durante ese tiempo ha sido testigo privilegiada de los cambios que se han producido en el barrio y en sus gentes, un foco donde observar el devenir que también ha vivido la ciudad en el mismo tiempo. Quizás por ello, el Ayuntamiento, la asociación de vecinos de San José, amigos y vecinos le han rendido homenaje durante su última jornada laboral en la tienda.

–¿Se acuerda de cuándo llegó al barrio?

–Perfectamente, me fui a vivir a los pisos cuando tenía 7 años y mi padre puso la primera tienda en esa manzana del barrio. Tenía también primer teléfono que hubo. Me acuerdo cuando llegó el marqués con su mujer el primer día y nos dio las llaves de los pisos. Yo estudié en el antiguo colegio Suárez Somonte los catorce años que tuve el certificado de estudios. Pero yo ya antes de terminar, ayudaba a mi padre en el comercio, porque me gustaba mucho. Mis hermanos estudiaron, uno es químico y el pequeño, médico, pero antiguamente los padres no obligaban a estudiar a las hijas, que se tenían que dedicar a las cosas de la casa y me pusieron a aprender en un taller de modista. Pero yo ayudaba a mi padre en los ratos el bocadillo y luego cosía trajes de bautizo y comunión para el Corte Inglés. Recuerdo que la gente que vivía en los pisos eran gente humilde, gente trabajadora, pero de ahí han salido grandes empresarios.

Cuando se jubiló mi padre, me dio pena cerrar la tienda, así que lo hablé con mi marido, que tenía un almacén de frutas y decidimos poner una frutería, era la segunda que había en el pueblo.

-¿Cómo ha cambiado el barrio?

-Yo diría que ha sido en los últimos diez, quizás cinco años. Muchos vecinos de siempre se han ido porque prosperaron. Algunos han muerto, otros se han ido a residencias y otros están viviendo con las hijas. Algunos se han ido a casas más grandes, ten en cuenta que esos pisos tienen 40 metros cuadrados y nosotros hemos vivido cinco personas. Pero ahora es diferente.

El problema es que los propietarios no han alquilado las viviendas a personas en condiciones. Nadie le ha echado dinero a esas viviendas y es necesario siempre pintar y preparar y nadie le ha echado dinero, así que todo a peor, el deterioro. Pero el problema está en esa manzana del barrio, porque el barrio es tranquilo y precioso, como ha sido siempre.

-¿Qué sensación tiene?

-Más de que yo no creo que haya luchado nadie, pero llega un momento que te cansas. Estos inmigrantes no son malos, yo no he tenido problemas con ninguno, pero son gente que viene con atraso y como hace muchos. Y la suciedad que tienen es grande. Yo hubiera seguido trabajando un año o dos más, porque me gustaba muchísimo la tiendas, pero ya estoy agotada sicológicamente. Necesitaba descansar. A la tienda venía gente de todo Almendralejo. Este año he vendido más de 200 quesos de los de siempre, del marqués. No eran clientas, eran amigas.

En estos años ha habido cosas malas, pero muy pocas. El problema de esta zona es que está todo anticuado y los mismos dueños de los pisos han tenido la culpa, porque han querido especular.

-¿Ha sido fácil la convivencia?

-A mí nunca me han quitado nada. Siempre he tenido una buena relación. También con la asociación de vecinos, con Fausti. Colaboraba siempre con la comida de los mayores y les donaba cosas. He sido una enamorada de mi trabajo. Y he procurado hacer todos los favores, pero no los he pedido. No sé entrar en el ayuntamiento, pero he hablado con el alcalde y se lo ha enseñado. La situación, las viviendas con ventanas rotas y lo mal que están muchas. Espero que aunque tarden diez años o más, pero espero conocer que los restauren.

-¿Y el comercio?

-Ya lo he puesto en venta, pero como no me paguen lo que quiero, no lo vendo, porque me da pena. Cuando vuelva de la playa, quizás quite el cartel de venta. Yo tengo todavía allí el piso donde me crié. Lo tengo alquilado a un chico español y que vive solo. Y me da lástima salir ahí.

-¿Cómo ve el futuro?

-Siento rabia en algunos momentos, porque aquí viene mucha gente que viene a los institutos, al ambulatorio, a los juzgados, a la estación de autobuses, pero hay gente que le da miedo venir por aquí por los inmigrantes. A mi no me da miedo porque los conozco a todos.

-Hace unos años se abrió una oficina de la Policía Local, pero se cerró al poco tiempo.

-Sí, me gustaría que abrieran otra vez esa comisaría. Ahora hay otra gente, trabajadores sociales, pero no sé muy bien qué hacen. Antes se ponía Romerales, el policía, en la puerta y sólo con verle, lo respetaban. Pero ahora no.

Piensa que en un piso se entran veinte personas y por el día tienen que estar en la esquina, porque no pueden estar en los pisos y ahí en la calle están comiendo pipas y si beben cerveza, luego la dejan en el suelo. Es a lo que están acostumbrados. Ahora la zona está muy tranquilo, pero en agosto que vienen de los ajos en Albacete, se pone éso tremendo. Y es verdad que el año pasado venía alguna patrulla de la Policía Local y de la Nacional por la noches y se notaba.

-¿Pero es inseguridad o suciedad?

-Sobre todo es que hay mucha suciedad. A la hora de tirar la basura les da igual entrarla en los contenedores que echarla fuera. Y lo mismo te sacan un colchón o lo que sea y ahí queda. Y cuando les dices algo, te respetan. Es cierto que hay gente más rebelde que los rumanos, que se hacen caso cuando se les dice, pero no podemos estar todo el día detrás de ellos. Me da lástima de los vecinos de toda la vida que no se pueden ir. Son los menos.